:: Soy el cautivo
He visto a muchas mujeres desnudarse delante de mí,
pero tú, efigie pura de madre y compañera
zanjas por completo mi sensatez
entregándola para ser arrasada por la noche.
Subo a tu encuentro cual lactante que busca el pecho
en medio de la penumbra de la tibia morada.
No soy más que el cautivo amigo que de ti espera el pan
y que por ti entrega el alma.
: : Esperando la mañana
Me bajé de la
nube en una calle vacía
Los fanales encendían
el silencio
Mientras a lo
lejos las voces alegres desgarraban el alma
Desde el suelo es
fácil dar una ojeada al oriente
Mientras que
arriba la memoria cruel borra todo
La oscuridad trae
las sombras y el miedo
Pero la esperanza
no muere al irse la luz
Solo duerme en
espera de la mañana
: : Ahora fumo
Hace ocho años
que conscientemente dejé de fumar. Sin embargo, hace dos meses volví a
retomar el vicio. Si, ahora fumo. Pero no tomo café. Eso lo dejé para siempre,
o al menos por ahora y un tiempo más. Quien sabe, eso de las cosas para siempre
es mucho compromiso. Como cuando dejé el cigarro hace ocho años, pensé que
sería para siempre pero me equivoqué.
Ahora fumo pero
no tomo café. Fumo cuando estoy nervioso, aburrido o alegre. Fumo por la mañana
y por la tarde. En la noche también fumo. Fumo cuando hace frio y cuando hace
calor. La cosa es que ahora fumo, ya quedó claro ese punto.
Las razones por
las que volví a fumar existen. Para algunos podrán ser débiles, en algunos
casos parecerán banales, sin embargo para mi son poderosas. Lo suficientemente
fuertes como para que, luego de ocho años, terminara con mi prolongada abstinencia.
No sabría decir si esta ruptura o quiebre sea para siempre, como ya dije,
ese absoluto me complica.
Ahora fumo porque
tengo rabia. Tengo mucha rabia. También tengo pena. Fumo porque ando con rabia
y pena. Fumo porque de alguna manera tengo que botar humo, el que me consume
por dentro. Así es, ya que la rabia y la pena me llenan de vapor que como una
caldera quiere explotar. Fumo para no explotar y para que el humo salga de la
manera más suave posible.
La pregunta no es
entonces por qué fumo, sino por qué tengo tanta rabia y tanta pena.
Prefiero no decir nada. Soy dueño de mi silencio. Opto por callar y dejar todo
en un simple, ahora fumo.
: : Como nuevo
La verdad es que
hace mucho rato que no escribo. Mentira, en general escribo todos los días por
una u otra razón, debo ser más preciso. Hace mucho rato que no escribo ni
publico nada en mi Blog. Eso está mejor. Se apega por completo a la realidad y
no hay nada falso en esta afirmación.
Así es el
lenguaje, a veces si no somos claros dejamos la embarrada. Malos entendidos y otras
malas yerbas. Una palabra o frase mal hilvanada puede ser nefasta. Por eso es
que uno, que se las da de escritor, debe ser doblemente cuidadoso. Precavido. Avizor.
No tengo claro de
que quiero escribir, solo se que quiero hacerlo. Hay algo dentro de mí que debe
salir. Que se siente apretado, ahogado. No se si quiera hablar de política, religión
o futbol. Esos temas son siempre complicados. Tal vez quiera tomar la vereda
más iluminada para así no correr riesgos innecesarios. No pisar callos ni herir
a nadie. Irme a la segura y hablar de cosas triviales. Podría contarles por
ejemplo que hoy la mañana ha estado muy fría. Afuera el día se ve triste. El
sol no brilla, o mejor dicho, brilla por su ausencia.
Desde que regresé
a Chile mis días han pasado raudos, veloces y casi sin respiro. Tanto así que
no me había dado el tiempo de visitar a mi padre en su nuevo lugar de reposo.
Ayer fui. Fue raro encontrarme nuevamente con el. Con su lápida. Le hable. Le
conté cosas que han pasado. Le dije como me sentía. Una brisa agradable rozo mi
cara. Me hizo bien. Era necesario.
Sucede que desde
que llegue había pasado cerca de su tumba muchas veces pero ayer, me agarró un
taco de esos en que uno no avanza. Trancado en el mismo lugar. Mire al lado y ahí
estaba. No lo pensé dos veces y tomé la caletera y me salí a visitar al mijo.
Fue bueno. Me sentí bien. Me sentí mejor.
A veces es bueno parar
la maquina. Respirar profundo y meditar. Pararse a un lado del camino mientras
el taco se va disolviendo solito. Después, cuando uno retoma la carretera la
cosa es diferente. Ya no hay taco. Se acabó la demora. Uno puede desplazarse de
mejor manera. En forma más expedita. Así como se despeja la carretera, también
se despeja la mente. Eso es siempre positivo.
: : Los mutantes
Los ataques de pánico son cosa seria. En lo personal, no me consta, sin embargo recuerdo no hace muchos días atrás a una compañera de trabajo quien colapsó ante la presión. Lloraba, le faltaba el aire. A mí también me falta el aire a veces. Pero no es por el pánico, sino por la falta de ventanas.
Antes, hace un par de años atrás, mi escritorio se encontraba en una oficina en un veinteavo piso. Teníamos dos ventanas, y la mía daba hacia la bahía. Pero nos mudamos a un edificio más moderno, más cómodo. Lamentablemente para mí, en el cambio perdí mi ventana y mi vista a la bahía. Ahora no tengo ventanas grandes, hay unas cositas flacas que dejan entrar la luz a goteras.
En el otro edificio, al igual que en este, las ventanas no se abrían, sin embargo, teníamos un balcón donde se refugiaban los fumadores a cometer sus indulgentes pecadillos. Yo iba solamente para respirar un poco de aire fresco; acá no tenemos balcón.
Como les decía a veces me falta el aire pero no por el pánico, gracias a Dios nunca me han dado de esos ataques. Deben ser molestos, incómodos, inoportunos. Los ataques siempre llegan por sorpresa y no son agradables. Los malos siempre se lo pasan atacando. Esperan agazapados y se lanzan por la espalda. Es la naturaleza del ataque, debe ser por sorpresa. Por eso me cuido, para que los que me quieren atacar no me sorprendan. Claro que no siempre se puede. Hay veces que no pongo atención.
El ataque de pánico de mi compañera me sorprendió, ya que si uno hace todo mal, lo más probable es que nos despidan; el pánico entonces es en sí la sorpresa. Ella no lo estaba haciendo bien y colapsó. Le cayó el susto a perder el trabajo. Como podemos ver, el ataque se hubiese controlado haciendo bien las cosas. Eso es todo. Andando vigilantes. Mi papá decía, durmiendo con un ojo abierto.
Si hacemos las cosas mal nos ponemos a la merced de cualquier ataque, ya sea de pánico o de cualquier otra índole. Por eso, lo mejor es hacer las cosas bien. Cuidarnos. Andar siempre previsores. Reconozco que no siempre se puede, sin embargo, no hay peor diligencia que la que no se hace.
Ahora me está faltando el aire, y no es por el pánico sino por la falta de ventanas que se abran. Sin ellas no entra aire fresco. El aire que respiro es reciclado. No tengo nada contra el reciclaje, claro que no se si reciclar el aire sea muy positivo que digamos. Acá debemos estar llenos de gérmenes flotando y reciclándose en quien sabe que nuevas especies. Horror. Mutaciones por doquier. No me gustan las mutaciones, ni tampoco los mutantes.
: : Yoga para calmar el bolsillo
El alcoholismo es una terrible enfermedad. Ser trabajólico también. No es normal que las personas dejen su vida en sus escritorios. Mi señora dice que yo lo soy, "pero no es por gusto" le digo, es por obligación. Los tiempos modernos no han sido diseñados para el descanso. Las cuentas se acumulan y hay que pagarlas. La modernidad tiene un precio. Uno alto, y lo peor es que no hay reembolsos.
En mi viaje diario en bus, tren y bus a mi oficina pienso y pienso en cómo poner fin a este ciclo de trabajolismo que me sofoca. No se ve fácil la cosa. No es sencillo un escape y sin dinero en la bolsa no es fácil dibujar una salida.
Estamos entrenados para vivir de una manera que es suicida. A desgastarnos hasta más no poder para finalmente dejar nuestro último aliento, o dinero en una funeraria.
Mi jefe se preocupa de mí, y para que este bien me regala yoga, una maravilla. Claro que sin ser malagradecido, lo primero que se me viene a la cabeza es otra cosa y le digo que "preferiría un aumento de sueldo".
De loco que soy se me ocurre la idea de que si ganara más, la cosa tal vez sería más relajada, armoniosa, despejada, pero rápidamente recuerdo que el ultimo aumento solo me trajo más horas de trabajo, mayores responsabilidades, menos tiempo para la familia y para mí. El último aumento me trajo más deudas y menos horas de sueño.
Entonces voy y cambio mi discurso. "Gracias por el yoga jefe" digo entonces, claro que antes de que la dicha me inunde, me entero de que ese tiempo lo tendré que reponer. Horror, al final el yoga sale de mi bolsillo. En este mundo moderno uno nunca gana.
: : Cerca del espacio sin tiempo
Me hablas desde adentro
sin dobles tintas
sin residuos callejeros
ni abrazos de consenso
sin palabras escogidas
ni con olor a vino
- verdad que no te gusta el vino
Las confabulaciones del medio
son el llamado a partir
a exiliarse en otros nortes
otros paseos y otros tranvías
Debemos mirar hacia otros mares
distintos a los que nos bañan
buscar ahora antes de que sea tarde
más tarde
Camino entonces
con los noventa grados sobre mi cabeza
no soy automovilista sino un peatón
buscando la sombra
cada paso que doy es un paso menos
un día más cerca del espacio sin tiempo.
sin dobles tintas
sin residuos callejeros
ni abrazos de consenso
sin palabras escogidas
ni con olor a vino
- verdad que no te gusta el vino
Las confabulaciones del medio
son el llamado a partir
a exiliarse en otros nortes
otros paseos y otros tranvías
Debemos mirar hacia otros mares
distintos a los que nos bañan
buscar ahora antes de que sea tarde
más tarde
Camino entonces
con los noventa grados sobre mi cabeza
no soy automovilista sino un peatón
buscando la sombra
cada paso que doy es un paso menos
un día más cerca del espacio sin tiempo.
: : Cuando llueve en Miami
Los días lluviosos no son escasos en el verano tropical. Por el contrario. Están presentes casi a diario. Cuando uno menos espera, aparece una nube. A veces grande, otras pequeña. Las nubes, igual que casi todas las cosas en la vida, vienen en distintos tamaños.
Pero la lluvia no es un problema en sí. Andar sin paraguas en un día lluvioso, bueno, eso es otro asunto. Una molestia. Un lamentable descuido. Pero al igual que las nubes grandes y pequeñas, los descuidos pasan y no hay como evitarlos, sólo queda asumirlos.
Aceptada la realidad del día lluvioso y sin paraguas, no queda otra cosa más que seguir adelante. Tratar de no pensar en ellos. Desconectarse y mirar hacia delante. Es así como mejor se superan los pequeños e incontrolables baches que depara la fortuna de cuando en cuando.
Como ya es sabido, generalmente me muevo de un lado para otro utilizando el transporte público ya que en algún minuto de mi vida, pasados los ticinco, se me quitó el gusto por manejar. No manejo por una opción personal, nada de ecología, sólo paz mental. Me gusta ir en el asiento del pasajero. Me gusta andar de paseo. Disfruto viendo todo eso que de ir al volante me perdería.
En todo caso, el sistema público de transporte de la ciudad de Miami debe estar entre los peores del país. Es malísimo. Una vergüenza. No por la calidad de los buses o carros del tren, sino porque llegar de un lado para otro es una verdadera hazaña. La continuidad es para la risa. Las conexiones son nefastas. El servicio es deficiente. ¿La razón? Supongo que por ahí dirán que no hay dinero. Alguien se guardo los medios centavos que se recolectaron por años. El dinero se usó en cualquier cosa menos en mejorar nada.
En general las cosas son así en todos los niveles. Por más que se busquen los sistemas perfectos, mientras haya personas detrás, siempre tendremos errores y horrores. Abusos y más abusos. Al parecer, hay quienes pueden tener de todo, pero su respeto por los demás deja mucho que desear.
Como ya dije, el sistema de transporte público es malísimo, pero algo aún más terrible es que, con todo los que llueve en esta ciudad, la mayoría de los paraderos no tienen techo. No hay nada que proteja a los pasajeros mientras esperan. Nada. Una pena, en especial cuando uno sale sin paraguas, en ese caso, la cosa se torna realmente molesta.
Pero la lluvia no es un problema en sí. Andar sin paraguas en un día lluvioso, bueno, eso es otro asunto. Una molestia. Un lamentable descuido. Pero al igual que las nubes grandes y pequeñas, los descuidos pasan y no hay como evitarlos, sólo queda asumirlos.
Aceptada la realidad del día lluvioso y sin paraguas, no queda otra cosa más que seguir adelante. Tratar de no pensar en ellos. Desconectarse y mirar hacia delante. Es así como mejor se superan los pequeños e incontrolables baches que depara la fortuna de cuando en cuando.
Como ya es sabido, generalmente me muevo de un lado para otro utilizando el transporte público ya que en algún minuto de mi vida, pasados los ticinco, se me quitó el gusto por manejar. No manejo por una opción personal, nada de ecología, sólo paz mental. Me gusta ir en el asiento del pasajero. Me gusta andar de paseo. Disfruto viendo todo eso que de ir al volante me perdería.
En todo caso, el sistema público de transporte de la ciudad de Miami debe estar entre los peores del país. Es malísimo. Una vergüenza. No por la calidad de los buses o carros del tren, sino porque llegar de un lado para otro es una verdadera hazaña. La continuidad es para la risa. Las conexiones son nefastas. El servicio es deficiente. ¿La razón? Supongo que por ahí dirán que no hay dinero. Alguien se guardo los medios centavos que se recolectaron por años. El dinero se usó en cualquier cosa menos en mejorar nada.
En general las cosas son así en todos los niveles. Por más que se busquen los sistemas perfectos, mientras haya personas detrás, siempre tendremos errores y horrores. Abusos y más abusos. Al parecer, hay quienes pueden tener de todo, pero su respeto por los demás deja mucho que desear.
Como ya dije, el sistema de transporte público es malísimo, pero algo aún más terrible es que, con todo los que llueve en esta ciudad, la mayoría de los paraderos no tienen techo. No hay nada que proteja a los pasajeros mientras esperan. Nada. Una pena, en especial cuando uno sale sin paraguas, en ese caso, la cosa se torna realmente molesta.
: : El enfermo es el sistema
El viernes pasado lo pasé casi por completo en una ruidosa sala de emergencias. Semi desnudo cubierto apenas por una batita de color verdoso y abierta por la espalda. Por suerte mantuve mis calzoncillos azules y mis calcetines. Un poco de dignidad ante todo. Semi desnudo pero digno.
Las camillas estaban separadas por unas horribles cortinas, casi tan feas como la batita. Se escuchaba todo. Al lado había una señora cubana que acompañaba a su marido a quien lo habían operado hacía poco y cuya herida se había abierto. En medio del dolor se daban el tiempo de entretenernos con sus comentarios llenos de regionalismos muy graciosos.
Al otro lado, un viejo pesado que se había auto recetado internarse y que no aceptaba las conclusiones del doctor de turno. Alegó por todo. Un tipo muy desagradable. Llamó a la administración del hospital y no se fue, a pesar de que ya le habían dado el alta, hasta que vino el administrador a escuchar sus reclamos. Los enfermeros querían aplicarle un enema, pero el doctor no los había dejado.
Volviendo a lo mío, después de un largo día de exámenes y más exámenes me mandaron a la casa con el mismo malestar con que había ingresado horas antes. La única diferencia fue que me mandaron a ver a un especialista. “No podemos hacer nada hasta que lo haya visto un especialista” me dijo el doctor de turno. Le pregunté al galeno porqué siendo ese un centro de estudio perteneciente a la universidad, y habiendo tantos especialistas en el lugar no contactaban con alguno para que me viniera a ver en orden a solucionar cuanto antes mi malestar. “Hoy es viernes y nadie va a dejar de hacer sus cosas para venir a verlo” respondió.
Con el mismo dolor, molesto, desilusionado y hambriento abandoné el lugar. Lo único que había logrado es que me escribieran en un pedazo de cartón el nombre y teléfono del especialista a quien debía contactar. Llamé de inmediato y nada, ya habían cerrado y debía esperar hasta el lunes.
Lo primero que hice el lunes fue arreglar lo de mi seguro médico, ya que al igual que más de cincuenta millones de personas en el país no tenía uno que me resguardara. Hice todas las averiguaciones y contraté uno que más o menos acomodaba mis necesidades. Por supuesto, no entré al sistema de forma inmediata como yo quería, claro que aún no lo sabía.
Inmediatamente después de haber solucionado lo del seguro llamé al “especialista” para pedir hora. La secretaria me atendió con una frialdad y pesadez dignas de algún tipo de premio de la academia. Anotó todos mis datos y finalmente me dio una cita para dentro de un mes.
- ¿Un mes más? Dije sorprendido.
- El doctor no puede verlo antes de esa fecha, respondió pesadilla.
- Pero si yo ya no soporto el dolor.
- Si es así, debería ir a la Sala de Emergencias.
- Ya fui a la sala de emergencias – dije con tono molesto -, y ellos me dijeron que llamara al doctor.
- ¿Tiene seguro? Preguntó.
- Sí. Lo saqué esta mañana respondí.
- Por eso no me aparece en el sistema – dijo -, deme de nuevos sus datos.
Tal y como pesadilla pedía le repetí todos mis datos más los datos de mi nuevo seguro. Pasaron algunos segundos y el milagro vino, la agenda del doctor se abrió por completo al punto de que me dió una cita para el día siguiente a lo que respondí. No gracias, buscaré otro especialista.
Las camillas estaban separadas por unas horribles cortinas, casi tan feas como la batita. Se escuchaba todo. Al lado había una señora cubana que acompañaba a su marido a quien lo habían operado hacía poco y cuya herida se había abierto. En medio del dolor se daban el tiempo de entretenernos con sus comentarios llenos de regionalismos muy graciosos.
Al otro lado, un viejo pesado que se había auto recetado internarse y que no aceptaba las conclusiones del doctor de turno. Alegó por todo. Un tipo muy desagradable. Llamó a la administración del hospital y no se fue, a pesar de que ya le habían dado el alta, hasta que vino el administrador a escuchar sus reclamos. Los enfermeros querían aplicarle un enema, pero el doctor no los había dejado.
Volviendo a lo mío, después de un largo día de exámenes y más exámenes me mandaron a la casa con el mismo malestar con que había ingresado horas antes. La única diferencia fue que me mandaron a ver a un especialista. “No podemos hacer nada hasta que lo haya visto un especialista” me dijo el doctor de turno. Le pregunté al galeno porqué siendo ese un centro de estudio perteneciente a la universidad, y habiendo tantos especialistas en el lugar no contactaban con alguno para que me viniera a ver en orden a solucionar cuanto antes mi malestar. “Hoy es viernes y nadie va a dejar de hacer sus cosas para venir a verlo” respondió.
Con el mismo dolor, molesto, desilusionado y hambriento abandoné el lugar. Lo único que había logrado es que me escribieran en un pedazo de cartón el nombre y teléfono del especialista a quien debía contactar. Llamé de inmediato y nada, ya habían cerrado y debía esperar hasta el lunes.
Lo primero que hice el lunes fue arreglar lo de mi seguro médico, ya que al igual que más de cincuenta millones de personas en el país no tenía uno que me resguardara. Hice todas las averiguaciones y contraté uno que más o menos acomodaba mis necesidades. Por supuesto, no entré al sistema de forma inmediata como yo quería, claro que aún no lo sabía.
Inmediatamente después de haber solucionado lo del seguro llamé al “especialista” para pedir hora. La secretaria me atendió con una frialdad y pesadez dignas de algún tipo de premio de la academia. Anotó todos mis datos y finalmente me dio una cita para dentro de un mes.
- ¿Un mes más? Dije sorprendido.
- El doctor no puede verlo antes de esa fecha, respondió pesadilla.
- Pero si yo ya no soporto el dolor.
- Si es así, debería ir a la Sala de Emergencias.
- Ya fui a la sala de emergencias – dije con tono molesto -, y ellos me dijeron que llamara al doctor.
- ¿Tiene seguro? Preguntó.
- Sí. Lo saqué esta mañana respondí.
- Por eso no me aparece en el sistema – dijo -, deme de nuevos sus datos.
Tal y como pesadilla pedía le repetí todos mis datos más los datos de mi nuevo seguro. Pasaron algunos segundos y el milagro vino, la agenda del doctor se abrió por completo al punto de que me dió una cita para el día siguiente a lo que respondí. No gracias, buscaré otro especialista.
: : Un viejo perro
Tengo un par de amigas japonesas que me caen muy bien. Les gustan las ensaladas y una de ellas baila salsa como loca. Le gusta. Lo disfruta y cada vez que puede lo hace. Una niña encantadora. Finita. Apenas se le escucha cuando habla. Una ternura. Nació en Tokio; una tremenda ciudad. Moderna. Energética. Llena de personas de todos lados. Treinta y dos millones para ser más exactos. Una locura. Muy estresante me comenta mi amiga.
Las ciudades grandes son sin duda mágicas. Atractivas. Interesantes. Uno puede deambular por ellas sin cansarse descubriendo cosas entretenidas. Pero a veces lo mejor no está ahí. La vida en lugares más pequeños, remotos, aislados puede llegar a ser mucho mejor.
A dos horas en tren de Tokio, hay una pequeña ciudad llamada Sakura. En ella hay poco más de once mil habitantes. La vida ahí es mucho más tranquila y provincial. En esta ciudad acaba de morir un perro. Un gentil can que tenía una particularidad, era el más longevo del mundo. A su haber tenía 26 años. ¿Cómo llegó a vivir tanto? Posiblemente la vida tranquila y de aire descontaminado. La buena alimentación y el ejercicio. En general, los orientales son conocidos mundialmente por ser amigos de lo sano. Nada malo con ello.
En las grandes ciudades no nos preocupamos de esas cosas hasta que generalmente es demasiado tarde. Nos cuidamos cuando ya estamos enfermos y no a modo de prevención. No somos prudentes ni previsores. Nos creemos súper, lo más grande, invencibles.
Pesuke, así se llamaba el perrito, era además un quiltro. Una cruza. Un mestizo. No era de raza pura. Tal vez había guardado para sí lo mejor de sus ancestros. Sin duda era muy querido y bien cuidado. En general la mayoría de los perritos lo son.
Asumo que en la vida de este can se deben haber juntado todos estos elementos y más. La tranquila y sana vida de pueblo, la comida sana, el amor de su dueña. Veintiséis años para un perro no son poca cosa. En tiempo de humanos estamos hablando de más de ciento ochenta años. Una locura. Algo inalcanzable para ningún humano, especialmente en las condiciones actuales del planeta.
A la hora de almuerzo le preguntaba a unos amigos que harían si tuvieran la oportunidad de hacer cambios radicales en sus vidas y en general, ni uno dijo irse de la ciudad. Alejarse al campo. Partir a la montaña. Asumo que en general, esa alternativa no está dentro de las primeras cosas en nuestras mentes. Posiblemente, yo tampoco habría considerado ninguna de esas posibilidades. En general, el primer cambio que a todos se nos viene a la cabeza es ganar más dinero. Trabajar por poca plata, eso sí que es vida de perro.
Las ciudades grandes son sin duda mágicas. Atractivas. Interesantes. Uno puede deambular por ellas sin cansarse descubriendo cosas entretenidas. Pero a veces lo mejor no está ahí. La vida en lugares más pequeños, remotos, aislados puede llegar a ser mucho mejor.
A dos horas en tren de Tokio, hay una pequeña ciudad llamada Sakura. En ella hay poco más de once mil habitantes. La vida ahí es mucho más tranquila y provincial. En esta ciudad acaba de morir un perro. Un gentil can que tenía una particularidad, era el más longevo del mundo. A su haber tenía 26 años. ¿Cómo llegó a vivir tanto? Posiblemente la vida tranquila y de aire descontaminado. La buena alimentación y el ejercicio. En general, los orientales son conocidos mundialmente por ser amigos de lo sano. Nada malo con ello.
En las grandes ciudades no nos preocupamos de esas cosas hasta que generalmente es demasiado tarde. Nos cuidamos cuando ya estamos enfermos y no a modo de prevención. No somos prudentes ni previsores. Nos creemos súper, lo más grande, invencibles.
Pesuke, así se llamaba el perrito, era además un quiltro. Una cruza. Un mestizo. No era de raza pura. Tal vez había guardado para sí lo mejor de sus ancestros. Sin duda era muy querido y bien cuidado. En general la mayoría de los perritos lo son.
Asumo que en la vida de este can se deben haber juntado todos estos elementos y más. La tranquila y sana vida de pueblo, la comida sana, el amor de su dueña. Veintiséis años para un perro no son poca cosa. En tiempo de humanos estamos hablando de más de ciento ochenta años. Una locura. Algo inalcanzable para ningún humano, especialmente en las condiciones actuales del planeta.
A la hora de almuerzo le preguntaba a unos amigos que harían si tuvieran la oportunidad de hacer cambios radicales en sus vidas y en general, ni uno dijo irse de la ciudad. Alejarse al campo. Partir a la montaña. Asumo que en general, esa alternativa no está dentro de las primeras cosas en nuestras mentes. Posiblemente, yo tampoco habría considerado ninguna de esas posibilidades. En general, el primer cambio que a todos se nos viene a la cabeza es ganar más dinero. Trabajar por poca plata, eso sí que es vida de perro.
: : La historia no muerde
Aunque muchos no me lo crean, he pasado más de la mitad de mi vida en los Estados Unidos. Soy ciudadano y en muchos sentidos he asimilado por completo esta cultura. La he hecho mía. Por lo general se me puede ver utilizando gorros de baseball, me encanta el ketchup y la salsa barbecue. No me pierdo la Serie Mundial ni el Súper Tazón. Veo las películas sin subtítulos en español y me saco el gorro cuando entonan el himno nacional. Todo eso y mucho más me hacen decir que en el fondo soy un gringo más, aunque por mi apariencia exterior no lo parezca.
Cuando vivía en Nueva York me decían puertorriqueño, en California me decían mexicano, en Miami en más de una ocasión me han dicho cubano. Nada de eso me complica. Soy latino y no me duele. No me molesta. No me hago problema alguno. Dependiendo del lugar es el saco en el que nos meten. Que no me moleste debe ser porque, aunque les duela, soy gringo. Voto. Participo y molesto. Tengo opinión y la digo.
Ahora bien, como hispano he notado que muchos de quienes llegan a este país, por alguna extraña razón, en lugar de hacerse parte de esta cultura la quieren convertir en la de ellos. No creo que tenga nada de malo querer mantener vivas las raíces, recordar de donde venimos. Creo que eso está muy bien y a mis hijos se los inculco, sin embargo, me molesta que por otro lado no quieran aprender de la historia de este país. Estados Unidos es lo que es porque hubo quienes lucharon por independizarse. Quienes vieron lo que estaba mal y lo quisieron cambiar. La historia nos enseña que hubo un sueño americano y debo decir con dolor que para millones de personas, ese sueño ya no existe.
La historia no muerde. Esta ahí para ser estudiada, aprendida, asimilada. La historia debe servirnos de inspiración. Devolvernos la esperanza. Si ellos lo hicieron, porqué no nosotros. Sin embargo, los latinos llegamos acá y muchos no le paran bola a la historia. La ignoran. Se desentienden de ella. Hacen como si no existiera. La ignorancia es un mal que ataca a la comunidad latina de los Estados Unidos. La ignorancia en muchos aspectos.
Al sur del continente todos reconocemos a Bolívar y San Martín. En Cuba tienen a de Céspedes y a Martí. Nicaragua a Sandino. Los padres de la Patria están por todos lados, sin embargo, si les preguntamos a un latino en los Estados Unidos sobre quién fundo esta patria, la mayoría lo desconoce. No tienen idea. Tampoco les interesa saberlo. En todo caso, antes de continuar debo ser justo y en honor a la verdad, si le preguntamos a un gringo lo más probable es que también tenga poca idea del tema, ya que para ser honesto, la educación pública de este país va de mal en peor.
La ignorancia es caldo de cultivo para que florezcan males tales como la opresión, la desigualdad, el racismo, la usura, el esclavismo, el aprovechamiento, la avaricia, la corrupción, la desidia, las adicciones, el egoísmo, la falta de amor al prójimo. Los males de la sociedad que en lugar de haber sido derrocados por la inteligencia del hombre, parece que se han convertido en pandemias. Una vez más digo, no creo que haya sucedido por casualidad.
La libertad importa. No es un cliché. No es una moda. Es algo por lo que hay que vivir y hay que dar la pelea día a día para mantenerla. La democracia es un regalo que se nos fue dado y que hay que preservar. Proteger. Vigilar. Es frágil. No es indestructible. Tiene vida, hay que alimentarla. El espíritu de 1776 no ha sido olvidado y quisiera de alguna manera poder traerlo nuevamente a los hogares de los latinos que no le conocen, que nunca le han visto.
No ha habido un evento en la historia que en su origen pareciera tan improbable como la independencia del yugo opresor de una monarquía cruel e insensible. Sin embargo, un grupo de personas tenían un sueño. Éste fue más fuerte que el temor a las represalias, el castigo o la muerte. Este espíritu libertario se apoderó de sus corazones y no los dejó ser hasta no conseguir su objetivo. Este se conoció como el Espíritu del 76, y personificaba las creencias y acciones de un mítico grupo de personas a quienes conocemos como los Padres Fundadores.
Los Padres Fundadores fueron los líderes políticos que firmaron la Declaración de Independencia, participaron en la Revolución, o participaron en la redacción de la Constitución. De entre todos ellos destacan Benjamín Franklin, George Washington, Thomas Jefferson, Alexander Hamilton, John Jay, James Madison, John Adams y Thomas Paine.
Algunos mas conocidos que otros, todos ellos cumplieron un rol importantísimo en la historia de este país. Sin embargo, posiblemente uno de ellos sea el más desconocido para la mayoría de los latinoamericanos que vivimos en este país. Su nombre es Thomas Paine. Político, inventor, intelectual, radical, revolucionario y publicista estadounidense de origen inglés. Promotor del liberalismo y de la democracia. Su panfleto “Common Sense” (Sentido Común), publicado en 1776, desafió la autoridad del gobierno británico y la monarquía real. El lenguaje sencillo utilizado por Paine habló a la gente común y fue el primer trabajo en pedir abiertamente la independencia de Gran Bretaña.
En las primeras líneas de su escrito podemos encontrar algo que puede ser fácilmente reconocido en la actualidad: “Algunos escritores han confundido tanto la sociedad con el gobierno, como para dejar poca o ninguna distinción entre ellos; mientras que no sólo son diferentes, sino que además tienen distintos orígenes". La historia a veces nos habla de tal manera que parece estar refiriéndose a algún acontecimiento de actualidad. Es increíble, pero la naturaleza humana tiende a volver una y otra vez a sus orígenes y a repetir los mismos errores.
Así como Thomas Paine en su momento se refería a la monarquía, cuyo interés no era el de las personas que formaban las colonias, hoy podemos hacer un paralelo entre ella y las corporaciones, cuyos intereses no son distintos a los del Rey de esa época. No es pecado decir que los gobiernos se equivocan, y que no siempre tienen la razón. En ocasiones pierden el rumbo. Olvidan que en democracia fueron elegidos para gobernar para la gente y no para un puñado de personas. Las corporaciones no son el pueblo. Sus intereses no son de ninguna forma los intereses de quienes hemos votado.
Soy un eterno agradecido de la posibilidad que se me brindó de ser un ciudadano más de este país. Sin embargo, no creo que por haber nacido en otro lado mis derechos sean menores o distintos. Paine no sólo fue un inmigrante más, sino que vino a este país y dejó su huella. Dijo lo que tenía que decir y sirvió de inspiración para muchos. Creo que sus palabras no deben ser ignoradas sino por el contrario, deben ser desempolvadas y devueltas al lugar que merecen. Talvez para muchos la lectura de ese panfleto incendiario escrito hace tantos años sea la musa que andaban buscando. La historia no muerde, está ahí para mostrarnos el mejor camino hacia el futuro.
Cuando vivía en Nueva York me decían puertorriqueño, en California me decían mexicano, en Miami en más de una ocasión me han dicho cubano. Nada de eso me complica. Soy latino y no me duele. No me molesta. No me hago problema alguno. Dependiendo del lugar es el saco en el que nos meten. Que no me moleste debe ser porque, aunque les duela, soy gringo. Voto. Participo y molesto. Tengo opinión y la digo.
Ahora bien, como hispano he notado que muchos de quienes llegan a este país, por alguna extraña razón, en lugar de hacerse parte de esta cultura la quieren convertir en la de ellos. No creo que tenga nada de malo querer mantener vivas las raíces, recordar de donde venimos. Creo que eso está muy bien y a mis hijos se los inculco, sin embargo, me molesta que por otro lado no quieran aprender de la historia de este país. Estados Unidos es lo que es porque hubo quienes lucharon por independizarse. Quienes vieron lo que estaba mal y lo quisieron cambiar. La historia nos enseña que hubo un sueño americano y debo decir con dolor que para millones de personas, ese sueño ya no existe.
La historia no muerde. Esta ahí para ser estudiada, aprendida, asimilada. La historia debe servirnos de inspiración. Devolvernos la esperanza. Si ellos lo hicieron, porqué no nosotros. Sin embargo, los latinos llegamos acá y muchos no le paran bola a la historia. La ignoran. Se desentienden de ella. Hacen como si no existiera. La ignorancia es un mal que ataca a la comunidad latina de los Estados Unidos. La ignorancia en muchos aspectos.
Al sur del continente todos reconocemos a Bolívar y San Martín. En Cuba tienen a de Céspedes y a Martí. Nicaragua a Sandino. Los padres de la Patria están por todos lados, sin embargo, si les preguntamos a un latino en los Estados Unidos sobre quién fundo esta patria, la mayoría lo desconoce. No tienen idea. Tampoco les interesa saberlo. En todo caso, antes de continuar debo ser justo y en honor a la verdad, si le preguntamos a un gringo lo más probable es que también tenga poca idea del tema, ya que para ser honesto, la educación pública de este país va de mal en peor.
La ignorancia es caldo de cultivo para que florezcan males tales como la opresión, la desigualdad, el racismo, la usura, el esclavismo, el aprovechamiento, la avaricia, la corrupción, la desidia, las adicciones, el egoísmo, la falta de amor al prójimo. Los males de la sociedad que en lugar de haber sido derrocados por la inteligencia del hombre, parece que se han convertido en pandemias. Una vez más digo, no creo que haya sucedido por casualidad.
La libertad importa. No es un cliché. No es una moda. Es algo por lo que hay que vivir y hay que dar la pelea día a día para mantenerla. La democracia es un regalo que se nos fue dado y que hay que preservar. Proteger. Vigilar. Es frágil. No es indestructible. Tiene vida, hay que alimentarla. El espíritu de 1776 no ha sido olvidado y quisiera de alguna manera poder traerlo nuevamente a los hogares de los latinos que no le conocen, que nunca le han visto.
No ha habido un evento en la historia que en su origen pareciera tan improbable como la independencia del yugo opresor de una monarquía cruel e insensible. Sin embargo, un grupo de personas tenían un sueño. Éste fue más fuerte que el temor a las represalias, el castigo o la muerte. Este espíritu libertario se apoderó de sus corazones y no los dejó ser hasta no conseguir su objetivo. Este se conoció como el Espíritu del 76, y personificaba las creencias y acciones de un mítico grupo de personas a quienes conocemos como los Padres Fundadores.
Los Padres Fundadores fueron los líderes políticos que firmaron la Declaración de Independencia, participaron en la Revolución, o participaron en la redacción de la Constitución. De entre todos ellos destacan Benjamín Franklin, George Washington, Thomas Jefferson, Alexander Hamilton, John Jay, James Madison, John Adams y Thomas Paine.
Algunos mas conocidos que otros, todos ellos cumplieron un rol importantísimo en la historia de este país. Sin embargo, posiblemente uno de ellos sea el más desconocido para la mayoría de los latinoamericanos que vivimos en este país. Su nombre es Thomas Paine. Político, inventor, intelectual, radical, revolucionario y publicista estadounidense de origen inglés. Promotor del liberalismo y de la democracia. Su panfleto “Common Sense” (Sentido Común), publicado en 1776, desafió la autoridad del gobierno británico y la monarquía real. El lenguaje sencillo utilizado por Paine habló a la gente común y fue el primer trabajo en pedir abiertamente la independencia de Gran Bretaña.
En las primeras líneas de su escrito podemos encontrar algo que puede ser fácilmente reconocido en la actualidad: “Algunos escritores han confundido tanto la sociedad con el gobierno, como para dejar poca o ninguna distinción entre ellos; mientras que no sólo son diferentes, sino que además tienen distintos orígenes". La historia a veces nos habla de tal manera que parece estar refiriéndose a algún acontecimiento de actualidad. Es increíble, pero la naturaleza humana tiende a volver una y otra vez a sus orígenes y a repetir los mismos errores.
Así como Thomas Paine en su momento se refería a la monarquía, cuyo interés no era el de las personas que formaban las colonias, hoy podemos hacer un paralelo entre ella y las corporaciones, cuyos intereses no son distintos a los del Rey de esa época. No es pecado decir que los gobiernos se equivocan, y que no siempre tienen la razón. En ocasiones pierden el rumbo. Olvidan que en democracia fueron elegidos para gobernar para la gente y no para un puñado de personas. Las corporaciones no son el pueblo. Sus intereses no son de ninguna forma los intereses de quienes hemos votado.
Soy un eterno agradecido de la posibilidad que se me brindó de ser un ciudadano más de este país. Sin embargo, no creo que por haber nacido en otro lado mis derechos sean menores o distintos. Paine no sólo fue un inmigrante más, sino que vino a este país y dejó su huella. Dijo lo que tenía que decir y sirvió de inspiración para muchos. Creo que sus palabras no deben ser ignoradas sino por el contrario, deben ser desempolvadas y devueltas al lugar que merecen. Talvez para muchos la lectura de ese panfleto incendiario escrito hace tantos años sea la musa que andaban buscando. La historia no muerde, está ahí para mostrarnos el mejor camino hacia el futuro.
: : Con el invierno encima
A veces pienso que me gustaría meterme de manera seria en el tema de la política, Alcalde, Concejal, Diputado o Senador. A veces pienso que los electos representantes del pueblo en verdad no representan a nadie, por lo menos no a los que votamos. Sucede que ser político es caro. Una campaña para ser exitosa debe contar con muchos recursos, y por recursos me refiero al dinero.
Los que pueden dar dinero son generalmente los que más tienen. Suena lógico eso. Lo que no es lógico es que los que terminan verdaderamente pagando los costos de que ellos puedan seguir con sus abultadas cuentas corrientes somos los que tenemos menos, los que no podemos dar por razones obvias.
De esta manera, los representantes electos terminan pagando los favores a quienes les apoyaron con dinero y no con votos, esos quedamos al último.
Asumo que con esta forma de pensar, si alguna vez decidiera seguir una carrera de servicio público probablemente nadie apoyaría mi campaña con dinero sino con buenas intenciones, buenas ideas, lo harían con sus preocupaciones y problemas esperando que de verdad les pudiera ayudar, sin embargo los empresarios no me darían ni la hora.
Hasta ahí con mi carrera en el servicio público. Hasta ahí con la política. No hay mucho que hacer por ese lado. Sin embargo, siendo revoltoso por naturaleza (eso decía mi madre), no me puedo quedar quieto dejando que otras personas sigan controlando mi vida de manera claramente irresponsable, negligente, irrespetuosa, grosera, mal intencionada y, porque no decirlo, hasta perversa.
Creo que eso de ocupar Wall Street ha sido una idea genial, pero ahora que se nos vino el invierno encima, puede que vivir en carpas en un parque de Manhattan no sea tan buena idea. Es hora de volver a las casas y tomarse un chocolate caliente al lado de la chimenea. Es el momento de sentarse a repensar la protesta. Seamos honestos, el daño causado a las corporaciones no ha sido tal. Los ricachones se están riendo de todos mientras enciendes sus habanos con billetes de cien dólares.
Supongo que la idea de sacar el dinero de los bancos y ponerlo en instituciones como cajas de compensaciones y uniones de crédito suena bien. Los bancos se molestarían. Se sentirían incómodos. Al menos se preocuparían un poco. Quizás buscarían la forma de retornar al sentido común y al respeto por las personas. Definitivamente buscarían retener a sus clientes.
Creo que son muchas las cosas que están mal allá afuera. Razones para protestar tenemos de sobra. El espíritu detrás de estos movimientos es bueno. Es respetable. Es inspirador. Sin embargo, el rumbo aún no está claro. No hay un mapa que nos indique hacia dónde vamos. En estos momentos las brújulas apuntan para cualquier lado. El norte no está claro ni definido. No hay una cabeza. No hay un portavoz. Definitivamente, no hay un líder.
Si bien es cierto y como ya mencioné se les vino el invierno a los que protestan en Wall Street, las carpitas y la buena organización ya no serán suficientes. Espero que el invierno no se venga encima de todo el movimiento, enfriando los corazones de quienes por primera vez en muchos años hemos sacado la voz.
Los que pueden dar dinero son generalmente los que más tienen. Suena lógico eso. Lo que no es lógico es que los que terminan verdaderamente pagando los costos de que ellos puedan seguir con sus abultadas cuentas corrientes somos los que tenemos menos, los que no podemos dar por razones obvias.
De esta manera, los representantes electos terminan pagando los favores a quienes les apoyaron con dinero y no con votos, esos quedamos al último.
Asumo que con esta forma de pensar, si alguna vez decidiera seguir una carrera de servicio público probablemente nadie apoyaría mi campaña con dinero sino con buenas intenciones, buenas ideas, lo harían con sus preocupaciones y problemas esperando que de verdad les pudiera ayudar, sin embargo los empresarios no me darían ni la hora.
Hasta ahí con mi carrera en el servicio público. Hasta ahí con la política. No hay mucho que hacer por ese lado. Sin embargo, siendo revoltoso por naturaleza (eso decía mi madre), no me puedo quedar quieto dejando que otras personas sigan controlando mi vida de manera claramente irresponsable, negligente, irrespetuosa, grosera, mal intencionada y, porque no decirlo, hasta perversa.
Creo que eso de ocupar Wall Street ha sido una idea genial, pero ahora que se nos vino el invierno encima, puede que vivir en carpas en un parque de Manhattan no sea tan buena idea. Es hora de volver a las casas y tomarse un chocolate caliente al lado de la chimenea. Es el momento de sentarse a repensar la protesta. Seamos honestos, el daño causado a las corporaciones no ha sido tal. Los ricachones se están riendo de todos mientras enciendes sus habanos con billetes de cien dólares.
Supongo que la idea de sacar el dinero de los bancos y ponerlo en instituciones como cajas de compensaciones y uniones de crédito suena bien. Los bancos se molestarían. Se sentirían incómodos. Al menos se preocuparían un poco. Quizás buscarían la forma de retornar al sentido común y al respeto por las personas. Definitivamente buscarían retener a sus clientes.
Creo que son muchas las cosas que están mal allá afuera. Razones para protestar tenemos de sobra. El espíritu detrás de estos movimientos es bueno. Es respetable. Es inspirador. Sin embargo, el rumbo aún no está claro. No hay un mapa que nos indique hacia dónde vamos. En estos momentos las brújulas apuntan para cualquier lado. El norte no está claro ni definido. No hay una cabeza. No hay un portavoz. Definitivamente, no hay un líder.
Si bien es cierto y como ya mencioné se les vino el invierno a los que protestan en Wall Street, las carpitas y la buena organización ya no serán suficientes. Espero que el invierno no se venga encima de todo el movimiento, enfriando los corazones de quienes por primera vez en muchos años hemos sacado la voz.
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