: : Siempre positivos


No siempre las cosas salen como esperamos. Por más que tratemos. Que le pongamos pino. Que hagamos concesiones, trancemos, sedamos, demos sin contemplaciones y un cuanto hay más. A veces, es tanto lo que queremos algo que dejamos todo de lado para conseguirlo. Pero al final no se da. No resulta. Queda ahí. Se acaba.

La vida esta llena de estas pequeñas situaciones. Si no son nuestras, las vemos a nuestro alrededor. Cerquita. En primera fila.

Pero, ¿qué nos hace llegar a estas situaciones? Soledad, tristeza, rabia. Puede ser producto del simple y desmedido amor. Puede ser eso, o peor. Puede que si, puede que no. Pueden ser un sinfín de razones. Puede ser solo demencia momentaria. Puede ser simplemente un embrujo.

Pero los hechizos también se acaban. Pasan. Se superan. Puede ser con ayuda divina o porque tenía que ser no más, y la vida sigue. Continúa. No hay mucho tiempo para dejarse estar. Las cosas deben seguir su curso. Lo que no fue, no fue. Se acabó. No hay mucho más que decir al respecto.

¿Por qué escribo esto? No tengo la menor idea. Puede ser a manera de exorcismo. Una terapia. Un pequeño desahogo. Un mantra sagrado, escrito para poder dar paz a mi corazón, y que al leerlo otras personas encuentren la misma paz que busco. Quien sabe. Puede ser eso y más. Puede que en verdad no sea nada.

Hace rato que mi vida esta envuelta en cambios que en verdad no esperaba. Cambios para los cuales no estaba preparado. Cambios que nunca soñé. Cambios que quizás nunca quise. Estos cambios han llegado por todas las áreas habidas y por haber. En lo personal, laboral, familiar, amoroso. En lo cotidiano y en lo vespertino. En lo espiritual y en lo mundano.

Los cambios llegan y es poco lo que podemos hacer más allá de simplemente aceptar y seguir adelante. Los cambios hay que aceptarlos, si no lo hacemos, ellos terminan por acabar con uno. Por convertir el poco tiempo que tenemos de lucidez en un continuo infierno. Aceptar y continuar. No queda más, y confiar, proyectar la fe. Creer. Pueda ser que solo sea un pequeño cambio y que al final, este sea para mejor.

: : Bienvenido 2014



El temor al cambio es algo absolutamente normal. Natural. Querámoslo o no, los cambios se dan, nos llegan. Vienen si o si. Podemos pelear y patalear pero cuando algo va a cambiar, cambia. Eso es una verdad absoluta. Para bien o para mal, eso ya es otro asunto y creo que en gran parte siempre dependerá de nosotros y de nadie más.

Los cambios pueden ser negativos, o tremendamente positivos e inspiradores. Pueden ser para mal, y en algunos lamentables casos incluso para peor. Cambiar o no cambiar, he ahí el dilema.

Pero ya se acabó el 2013 y entramos con firmeza en este nuevo año lleno de oportunidades. De primicias. De reencuentros. Posibles romances, accensos, viajes, regalos, festejos y festividades. De kilos de más o de menos. De largas tertulias o acostadas temprano. De madrugadas y de trasnoches.

La verdad es que el año que recién nos deja me tenía cansado. Asqueado. Desilusionado. Herido. Por eso y por un montón de razones más miro a este nuevo folio con optimismo (el mismo optimismo con que miré el 2013 pero me embarqué medio a medio), pero renovado. Creo que cuando uno topa fondo lo único que le queda es impulsarse para volver a la superficie. Aún queda oxígeno en mis pulmones y fuerzas como para querer intentarlo nuevamente. Una y otra vez hay que tirar para arriba como si no hubiera mañana. Cada día debe ser vivido con la intensidad del último. Uno nunca sabe lo que pasará mañana.

De verdad espero que los cambios que se vienen sean para mejor. Que sean positivos. Quiero ser optimista, incluso quiero ser ingenuo una vez más. Creer que de verdad las cosas cambiarán y que en verdad veré más y mejores situaciones. Que habrá milagros. Que los días serán más alegres. Que no faltará el trabajo y que habrá mucha salud. No sólo para mí, sino para todos quienes forman parte de mi entorno, de mi vida, de mi mundo.

Hoy declaro que no le temo al cambio, que en verdad nunca le he temido. Lo odio, eso es otro problema. No me gusta el cambio, así como no me gustan las sorpresas, sin embargo, no le temo. Miro a los cambios de frente y con los puños apretados. Los miro como algo necesario. Los acepto. No siempre los entiendo, pero los acepto. Haré mi mejor esfuerzo y ya. Bienvenido 2014, y por favor no me desilusiones.

:: Soy el cautivo


He visto a muchas mujeres desnudarse delante de mí,
pero tú, efigie pura de madre y compañera
zanjas por completo mi sensatez
entregándola para ser arrasada por la noche.

Subo a tu encuentro cual lactante que busca el pecho
en medio de la penumbra de la tibia morada.
No soy más que el cautivo amigo que de ti espera el pan
y que por ti entrega el alma.

: : Esperando la mañana



Me bajé de la nube en una calle vacía
Los fanales encendían el silencio
Mientras a lo lejos las voces alegres desgarraban el alma

Desde el suelo es fácil dar una ojeada al oriente
Mientras que arriba la memoria cruel borra todo

La oscuridad trae las sombras y el miedo
Pero la esperanza no muere al irse la luz
Solo duerme en espera de la mañana

: : Ahora fumo



Hace ocho años que conscientemente dejé de fumar. Sin embargo, hace dos meses volví a retomar el vicio. Si, ahora fumo. Pero no tomo café. Eso lo dejé para siempre, o al menos por ahora y un tiempo más. Quien sabe, eso de las cosas para siempre es mucho compromiso. Como cuando dejé el cigarro hace ocho años, pensé que sería para siempre pero me equivoqué.

Ahora fumo pero no tomo café. Fumo cuando estoy nervioso, aburrido o alegre. Fumo por la mañana y por la tarde. En la noche también fumo. Fumo cuando hace frio y cuando hace calor. La cosa es que ahora fumo, ya quedó claro ese punto.

Las razones por las que volví a fumar existen. Para algunos podrán ser débiles, en algunos casos parecerán banales, sin embargo para mi son poderosas. Lo suficientemente fuertes como para que, luego de ocho años, terminara con mi prolongada abstinencia. No sabría decir si esta ruptura o quiebre sea para siempre, como ya dije, ese absoluto me complica.

Ahora fumo porque tengo rabia. Tengo mucha rabia. También tengo pena. Fumo porque ando con rabia y pena. Fumo porque de alguna manera tengo que botar humo, el que me consume por dentro. Así es, ya que la rabia y la pena me llenan de vapor que como una caldera quiere explotar. Fumo para no explotar y para que el humo salga de la manera más suave posible. 

La pregunta no es entonces por qué fumo, sino por qué tengo tanta rabia y tanta pena. Prefiero no decir nada. Soy dueño de mi silencio. Opto por callar y dejar todo en un simple, ahora fumo.

: : Como nuevo



La verdad es que hace mucho rato que no escribo. Mentira, en general escribo todos los días por una u otra razón, debo ser más preciso. Hace mucho rato que no escribo ni publico nada en mi Blog. Eso está mejor. Se apega por completo a la realidad y no hay nada falso en esta afirmación.

Así es el lenguaje, a veces si no somos claros dejamos la embarrada. Malos entendidos y otras malas yerbas. Una palabra o frase mal hilvanada puede ser nefasta. Por eso es que uno, que se las da de escritor, debe ser doblemente cuidadoso. Precavido. Avizor.

No tengo claro de que quiero escribir, solo se que quiero hacerlo. Hay algo dentro de mí que debe salir. Que se siente apretado, ahogado. No se si quiera hablar de política, religión o futbol. Esos temas son siempre complicados. Tal vez quiera tomar la vereda más iluminada para así no correr riesgos innecesarios. No pisar callos ni herir a nadie. Irme a la segura y hablar de cosas triviales. Podría contarles por ejemplo que hoy la mañana ha estado muy fría. Afuera el día se ve triste. El sol no brilla, o mejor dicho, brilla por su ausencia.

Desde que regresé a Chile mis días han pasado raudos, veloces y casi sin respiro. Tanto así que no me había dado el tiempo de visitar a mi padre en su nuevo lugar de reposo. Ayer fui. Fue raro encontrarme nuevamente con el. Con su lápida. Le hable. Le conté cosas que han pasado. Le dije como me sentía. Una brisa agradable rozo mi cara. Me hizo bien. Era necesario.

Sucede que desde que llegue había pasado cerca de su tumba muchas veces pero ayer, me agarró un taco de esos en que uno no avanza. Trancado en el mismo lugar. Mire al lado y ahí estaba. No lo pensé dos veces y tomé la caletera y me salí a visitar al mijo. Fue bueno. Me sentí bien. Me sentí mejor.

A veces es bueno parar la maquina. Respirar profundo y meditar. Pararse a un lado del camino mientras el taco se va disolviendo solito. Después, cuando uno retoma la carretera la cosa es diferente. Ya no hay taco. Se acabó la demora. Uno puede desplazarse de mejor manera. En forma más expedita. Así como se despeja la carretera, también se despeja la mente. Eso es siempre positivo.

: : Los mutantes


Los ataques de pánico son cosa seria. En lo personal, no me consta, sin embargo recuerdo no hace muchos días atrás a una compañera de trabajo quien colapsó ante la presión. Lloraba, le faltaba el aire. A mí también me falta el aire a veces. Pero no es por el pánico, sino por la falta de ventanas.

Antes, hace un par de años atrás, mi escritorio se encontraba en una oficina en un veinteavo piso. Teníamos dos ventanas, y la mía daba hacia la bahía. Pero nos mudamos a un edificio más moderno, más cómodo. Lamentablemente para mí, en el cambio perdí mi ventana y mi vista a la bahía. Ahora no tengo ventanas grandes, hay unas cositas flacas que dejan entrar la luz a goteras.

En el otro edificio, al igual que en este, las ventanas no se abrían, sin embargo, teníamos un balcón donde se refugiaban los fumadores a cometer sus indulgentes pecadillos. Yo iba solamente para respirar un poco de aire fresco; acá no tenemos balcón.

Como les decía a veces me falta el aire pero no por el pánico, gracias a Dios nunca me han dado de esos ataques. Deben ser molestos, incómodos, inoportunos. Los ataques siempre llegan por sorpresa y no son agradables. Los malos siempre se lo pasan atacando. Esperan agazapados y se lanzan por la espalda. Es la naturaleza del ataque, debe ser por sorpresa. Por eso me cuido, para que los que me quieren atacar no me sorprendan. Claro que no siempre se puede. Hay veces que no pongo atención.

El ataque de pánico de mi compañera me sorprendió, ya que si uno hace todo mal, lo más probable es que nos despidan; el pánico entonces es en sí la sorpresa. Ella no lo estaba haciendo bien y colapsó. Le cayó el susto a perder el trabajo. Como podemos ver, el ataque se hubiese controlado haciendo bien las cosas. Eso es todo. Andando vigilantes. Mi papá decía, durmiendo con un ojo abierto.

Si hacemos las cosas mal nos ponemos a la merced de cualquier ataque, ya sea de pánico o de cualquier otra índole. Por eso, lo mejor es hacer las cosas bien. Cuidarnos. Andar siempre previsores. Reconozco que no siempre se puede, sin embargo, no hay peor diligencia que la que no se hace.

Ahora me está faltando el aire, y no es por el pánico sino por la falta de ventanas que se abran. Sin ellas no entra aire fresco. El aire que respiro es reciclado. No tengo nada contra el reciclaje, claro que no se si reciclar el aire sea muy positivo que digamos. Acá debemos estar llenos de gérmenes flotando y reciclándose en quien sabe que nuevas especies. Horror. Mutaciones por doquier. No me gustan las mutaciones, ni tampoco los mutantes.



: : Yoga para calmar el bolsillo


El alcoholismo es una terrible enfermedad. Ser trabajólico también. No es normal que las personas dejen su vida en sus escritorios. Mi señora dice que yo lo soy, "pero no es por gusto" le digo, es por obligación. Los tiempos modernos no han sido diseñados para el descanso. Las cuentas se acumulan y hay que pagarlas. La modernidad tiene un precio. Uno alto, y lo peor es que no hay reembolsos.

En mi viaje diario en bus, tren y bus a mi oficina pienso y pienso en cómo poner fin a este ciclo de trabajolismo que me sofoca. No se ve fácil la cosa. No es sencillo un escape y sin dinero en la bolsa no es fácil dibujar una salida.

Estamos entrenados para vivir de una manera que es suicida. A desgastarnos hasta más no poder para finalmente dejar nuestro último aliento, o dinero en una funeraria.

Mi jefe se preocupa de mí, y para que este bien me regala yoga, una maravilla. Claro que sin ser malagradecido, lo primero que se me viene a la cabeza es otra cosa y le digo que "preferiría un aumento de sueldo".

De loco que soy se me ocurre la idea de que si ganara más, la cosa tal vez sería más relajada, armoniosa, despejada, pero rápidamente recuerdo que el ultimo aumento solo me trajo más horas de trabajo, mayores responsabilidades, menos tiempo para la familia y para mí. El último aumento me trajo más deudas y menos horas de sueño.

Entonces voy y cambio mi discurso. "Gracias por el yoga jefe" digo entonces, claro que antes de que la dicha me inunde, me entero de que ese tiempo lo tendré que reponer. Horror, al final el yoga sale de mi bolsillo. En este mundo moderno uno nunca gana.

: : Cerca del espacio sin tiempo

Me hablas desde adentro
sin dobles tintas
sin residuos callejeros
ni abrazos de consenso
sin palabras escogidas
ni con olor a vino
- verdad que no te gusta el vino

Las confabulaciones del medio
son el llamado a partir
a exiliarse en otros nortes
otros paseos y otros tranvías

Debemos mirar hacia otros mares
distintos a los que nos bañan
buscar ahora antes de que sea tarde
más tarde

Camino entonces
con los noventa grados sobre mi cabeza
no soy automovilista sino un peatón
buscando la sombra
cada paso que doy es un paso menos
un día más cerca del espacio sin tiempo.

: : Cuando llueve en Miami

Los días lluviosos no son escasos en el verano tropical. Por el contrario. Están presentes casi a diario. Cuando uno menos espera, aparece una nube. A veces grande, otras pequeña. Las nubes, igual que casi todas las cosas en la vida, vienen en distintos tamaños.

Pero la lluvia no es un problema en sí. Andar sin paraguas en un día lluvioso, bueno, eso es otro asunto. Una molestia. Un lamentable descuido. Pero al igual que las nubes grandes y pequeñas, los descuidos pasan y no hay como evitarlos, sólo queda asumirlos.

Aceptada la realidad del día lluvioso y sin paraguas, no queda otra cosa más que seguir adelante. Tratar de no pensar en ellos. Desconectarse y mirar hacia delante. Es así como mejor se superan los pequeños e incontrolables baches que depara la fortuna de cuando en cuando.

Como ya es sabido, generalmente me muevo de un lado para otro utilizando el transporte público ya que en algún minuto de mi vida, pasados los ticinco, se me quitó el gusto por manejar. No manejo por una opción personal, nada de ecología, sólo paz mental. Me gusta ir en el asiento del pasajero. Me gusta andar de paseo. Disfruto viendo todo eso que de ir al volante me perdería.

En todo caso, el sistema público de transporte de la ciudad de Miami debe estar entre los peores del país. Es malísimo. Una vergüenza. No por la calidad de los buses o carros del tren, sino porque llegar de un lado para otro es una verdadera hazaña. La continuidad es para la risa. Las conexiones son nefastas. El servicio es deficiente. ¿La razón? Supongo que por ahí dirán que no hay dinero. Alguien se guardo los medios centavos que se recolectaron por años. El dinero se usó en cualquier cosa menos en mejorar nada.

En general las cosas son así en todos los niveles. Por más que se busquen los sistemas perfectos, mientras haya personas detrás, siempre tendremos errores y horrores. Abusos y más abusos. Al parecer, hay quienes pueden tener de todo, pero su respeto por los demás deja mucho que desear.

Como ya dije, el sistema de transporte público es malísimo, pero algo aún más terrible es que, con todo los que llueve en esta ciudad, la mayoría de los paraderos no tienen techo. No hay nada que proteja a los pasajeros mientras esperan. Nada. Una pena, en especial cuando uno sale sin paraguas, en ese caso, la cosa se torna realmente molesta.

: : El enfermo es el sistema

El viernes pasado lo pasé casi por completo en una ruidosa sala de emergencias. Semi desnudo cubierto apenas por una batita de color verdoso y abierta por la espalda. Por suerte mantuve mis calzoncillos azules y mis calcetines. Un poco de dignidad ante todo. Semi desnudo pero digno.

Las camillas estaban separadas por unas horribles cortinas, casi tan feas como la batita. Se escuchaba todo. Al lado había una señora cubana que acompañaba a su marido a quien lo habían operado hacía poco y cuya herida se había abierto. En medio del dolor se daban el tiempo de entretenernos con sus comentarios llenos de regionalismos muy graciosos.

Al otro lado, un viejo pesado que se había auto recetado internarse y que no aceptaba las conclusiones del doctor de turno. Alegó por todo. Un tipo muy desagradable. Llamó a la administración del hospital y no se fue, a pesar de que ya le habían dado el alta, hasta que vino el administrador a escuchar sus reclamos. Los enfermeros querían aplicarle un enema, pero el doctor no los había dejado.

Volviendo a lo mío, después de un largo día de exámenes y más exámenes me mandaron a la casa con el mismo malestar con que había ingresado horas antes. La única diferencia fue que me mandaron a ver a un especialista. “No podemos hacer nada hasta que lo haya visto un especialista” me dijo el doctor de turno. Le pregunté al galeno porqué siendo ese un centro de estudio perteneciente a la universidad, y habiendo tantos especialistas en el lugar no contactaban con alguno para que me viniera a ver en orden a solucionar cuanto antes mi malestar. “Hoy es viernes y nadie va a dejar de hacer sus cosas para venir a verlo” respondió.

Con el mismo dolor, molesto, desilusionado y hambriento abandoné el lugar. Lo único que había logrado es que me escribieran en un pedazo de cartón el nombre y teléfono del especialista a quien debía contactar. Llamé de inmediato y nada, ya habían cerrado y debía esperar hasta el lunes.

Lo primero que hice el lunes fue arreglar lo de mi seguro médico, ya que al igual que más de cincuenta millones de personas en el país no tenía uno que me resguardara. Hice todas las averiguaciones y contraté uno que más o menos acomodaba mis necesidades. Por supuesto, no entré al sistema de forma inmediata como yo quería, claro que aún no lo sabía.

Inmediatamente después de haber solucionado lo del seguro llamé al “especialista” para pedir hora. La secretaria me atendió con una frialdad y pesadez dignas de algún tipo de premio de la academia. Anotó todos mis datos y finalmente me dio una cita para dentro de un mes.

- ¿Un mes más? Dije sorprendido.
- El doctor no puede verlo antes de esa fecha, respondió pesadilla.
- Pero si yo ya no soporto el dolor.
- Si es así, debería ir a la Sala de Emergencias.
- Ya fui a la sala de emergencias – dije con tono molesto -, y ellos me dijeron que llamara al doctor.
- ¿Tiene seguro? Preguntó.
- Sí. Lo saqué esta mañana respondí.
- Por eso no me aparece en el sistema – dijo -, deme de nuevos sus datos.

Tal y como pesadilla pedía le repetí todos mis datos más los datos de mi nuevo seguro. Pasaron algunos segundos y el milagro vino, la agenda del doctor se abrió por completo al punto de que me dió una cita para el día siguiente a lo que respondí. No gracias, buscaré otro especialista.

: : Un viejo perro

Tengo un par de amigas japonesas que me caen muy bien. Les gustan las ensaladas y una de ellas baila salsa como loca. Le gusta. Lo disfruta y cada vez que puede lo hace. Una niña encantadora. Finita. Apenas se le escucha cuando habla. Una ternura. Nació en Tokio; una tremenda ciudad. Moderna. Energética. Llena de personas de todos lados. Treinta y dos millones para ser más exactos. Una locura. Muy estresante me comenta mi amiga.

Las ciudades grandes son sin duda mágicas. Atractivas. Interesantes. Uno puede deambular por ellas sin cansarse descubriendo cosas entretenidas. Pero a veces lo mejor no está ahí. La vida en lugares más pequeños, remotos, aislados puede llegar a ser mucho mejor.

A dos horas en tren de Tokio, hay una pequeña ciudad llamada Sakura. En ella hay poco más de once mil habitantes. La vida ahí es mucho más tranquila y provincial. En esta ciudad acaba de morir un perro. Un gentil can que tenía una particularidad, era el más longevo del mundo. A su haber tenía 26 años. ¿Cómo llegó a vivir tanto? Posiblemente la vida tranquila y de aire descontaminado. La buena alimentación y el ejercicio. En general, los orientales son conocidos mundialmente por ser amigos de lo sano. Nada malo con ello.

En las grandes ciudades no nos preocupamos de esas cosas hasta que generalmente es demasiado tarde. Nos cuidamos cuando ya estamos enfermos y no a modo de prevención. No somos prudentes ni previsores. Nos creemos súper, lo más grande, invencibles.

Pesuke, así se llamaba el perrito, era además un quiltro. Una cruza. Un mestizo. No era de raza pura. Tal vez había guardado para sí lo mejor de sus ancestros. Sin duda era muy querido y bien cuidado. En general la mayoría de los perritos lo son.

Asumo que en la vida de este can se deben haber juntado todos estos elementos y más. La tranquila y sana vida de pueblo, la comida sana, el amor de su dueña. Veintiséis años para un perro no son poca cosa. En tiempo de humanos estamos hablando de más de ciento ochenta años. Una locura. Algo inalcanzable para ningún humano, especialmente en las condiciones actuales del planeta.

A la hora de almuerzo le preguntaba a unos amigos que harían si tuvieran la oportunidad de hacer cambios radicales en sus vidas y en general, ni uno dijo irse de la ciudad. Alejarse al campo. Partir a la montaña. Asumo que en general, esa alternativa no está dentro de las primeras cosas en nuestras mentes. Posiblemente, yo tampoco habría considerado ninguna de esas posibilidades. En general, el primer cambio que a todos se nos viene a la cabeza es ganar más dinero. Trabajar por poca plata, eso sí que es vida de perro.