: : Los mutantes


Los ataques de pánico son cosa seria. En lo personal, no me consta, sin embargo recuerdo no hace muchos días atrás a una compañera de trabajo quien colapsó ante la presión. Lloraba, le faltaba el aire. A mí también me falta el aire a veces. Pero no es por el pánico, sino por la falta de ventanas.

Antes, hace un par de años atrás, mi escritorio se encontraba en una oficina en un veinteavo piso. Teníamos dos ventanas, y la mía daba hacia la bahía. Pero nos mudamos a un edificio más moderno, más cómodo. Lamentablemente para mí, en el cambio perdí mi ventana y mi vista a la bahía. Ahora no tengo ventanas grandes, hay unas cositas flacas que dejan entrar la luz a goteras.

En el otro edificio, al igual que en este, las ventanas no se abrían, sin embargo, teníamos un balcón donde se refugiaban los fumadores a cometer sus indulgentes pecadillos. Yo iba solamente para respirar un poco de aire fresco; acá no tenemos balcón.

Como les decía a veces me falta el aire pero no por el pánico, gracias a Dios nunca me han dado de esos ataques. Deben ser molestos, incómodos, inoportunos. Los ataques siempre llegan por sorpresa y no son agradables. Los malos siempre se lo pasan atacando. Esperan agazapados y se lanzan por la espalda. Es la naturaleza del ataque, debe ser por sorpresa. Por eso me cuido, para que los que me quieren atacar no me sorprendan. Claro que no siempre se puede. Hay veces que no pongo atención.

El ataque de pánico de mi compañera me sorprendió, ya que si uno hace todo mal, lo más probable es que nos despidan; el pánico entonces es en sí la sorpresa. Ella no lo estaba haciendo bien y colapsó. Le cayó el susto a perder el trabajo. Como podemos ver, el ataque se hubiese controlado haciendo bien las cosas. Eso es todo. Andando vigilantes. Mi papá decía, durmiendo con un ojo abierto.

Si hacemos las cosas mal nos ponemos a la merced de cualquier ataque, ya sea de pánico o de cualquier otra índole. Por eso, lo mejor es hacer las cosas bien. Cuidarnos. Andar siempre previsores. Reconozco que no siempre se puede, sin embargo, no hay peor diligencia que la que no se hace.

Ahora me está faltando el aire, y no es por el pánico sino por la falta de ventanas que se abran. Sin ellas no entra aire fresco. El aire que respiro es reciclado. No tengo nada contra el reciclaje, claro que no se si reciclar el aire sea muy positivo que digamos. Acá debemos estar llenos de gérmenes flotando y reciclándose en quien sabe que nuevas especies. Horror. Mutaciones por doquier. No me gustan las mutaciones, ni tampoco los mutantes.



: : Yoga para calmar el bolsillo


El alcoholismo es una terrible enfermedad. Ser trabajólico también. No es normal que las personas dejen su vida en sus escritorios. Mi señora dice que yo lo soy, "pero no es por gusto" le digo, es por obligación. Los tiempos modernos no han sido diseñados para el descanso. Las cuentas se acumulan y hay que pagarlas. La modernidad tiene un precio. Uno alto, y lo peor es que no hay reembolsos.

En mi viaje diario en bus, tren y bus a mi oficina pienso y pienso en cómo poner fin a este ciclo de trabajolismo que me sofoca. No se ve fácil la cosa. No es sencillo un escape y sin dinero en la bolsa no es fácil dibujar una salida.

Estamos entrenados para vivir de una manera que es suicida. A desgastarnos hasta más no poder para finalmente dejar nuestro último aliento, o dinero en una funeraria.

Mi jefe se preocupa de mí, y para que este bien me regala yoga, una maravilla. Claro que sin ser malagradecido, lo primero que se me viene a la cabeza es otra cosa y le digo que "preferiría un aumento de sueldo".

De loco que soy se me ocurre la idea de que si ganara más, la cosa tal vez sería más relajada, armoniosa, despejada, pero rápidamente recuerdo que el ultimo aumento solo me trajo más horas de trabajo, mayores responsabilidades, menos tiempo para la familia y para mí. El último aumento me trajo más deudas y menos horas de sueño.

Entonces voy y cambio mi discurso. "Gracias por el yoga jefe" digo entonces, claro que antes de que la dicha me inunde, me entero de que ese tiempo lo tendré que reponer. Horror, al final el yoga sale de mi bolsillo. En este mundo moderno uno nunca gana.

: : Cerca del espacio sin tiempo

Me hablas desde adentro
sin dobles tintas
sin residuos callejeros
ni abrazos de consenso
sin palabras escogidas
ni con olor a vino
- verdad que no te gusta el vino

Las confabulaciones del medio
son el llamado a partir
a exiliarse en otros nortes
otros paseos y otros tranvías

Debemos mirar hacia otros mares
distintos a los que nos bañan
buscar ahora antes de que sea tarde
más tarde

Camino entonces
con los noventa grados sobre mi cabeza
no soy automovilista sino un peatón
buscando la sombra
cada paso que doy es un paso menos
un día más cerca del espacio sin tiempo.

: : Cuando llueve en Miami

Los días lluviosos no son escasos en el verano tropical. Por el contrario. Están presentes casi a diario. Cuando uno menos espera, aparece una nube. A veces grande, otras pequeña. Las nubes, igual que casi todas las cosas en la vida, vienen en distintos tamaños.

Pero la lluvia no es un problema en sí. Andar sin paraguas en un día lluvioso, bueno, eso es otro asunto. Una molestia. Un lamentable descuido. Pero al igual que las nubes grandes y pequeñas, los descuidos pasan y no hay como evitarlos, sólo queda asumirlos.

Aceptada la realidad del día lluvioso y sin paraguas, no queda otra cosa más que seguir adelante. Tratar de no pensar en ellos. Desconectarse y mirar hacia delante. Es así como mejor se superan los pequeños e incontrolables baches que depara la fortuna de cuando en cuando.

Como ya es sabido, generalmente me muevo de un lado para otro utilizando el transporte público ya que en algún minuto de mi vida, pasados los ticinco, se me quitó el gusto por manejar. No manejo por una opción personal, nada de ecología, sólo paz mental. Me gusta ir en el asiento del pasajero. Me gusta andar de paseo. Disfruto viendo todo eso que de ir al volante me perdería.

En todo caso, el sistema público de transporte de la ciudad de Miami debe estar entre los peores del país. Es malísimo. Una vergüenza. No por la calidad de los buses o carros del tren, sino porque llegar de un lado para otro es una verdadera hazaña. La continuidad es para la risa. Las conexiones son nefastas. El servicio es deficiente. ¿La razón? Supongo que por ahí dirán que no hay dinero. Alguien se guardo los medios centavos que se recolectaron por años. El dinero se usó en cualquier cosa menos en mejorar nada.

En general las cosas son así en todos los niveles. Por más que se busquen los sistemas perfectos, mientras haya personas detrás, siempre tendremos errores y horrores. Abusos y más abusos. Al parecer, hay quienes pueden tener de todo, pero su respeto por los demás deja mucho que desear.

Como ya dije, el sistema de transporte público es malísimo, pero algo aún más terrible es que, con todo los que llueve en esta ciudad, la mayoría de los paraderos no tienen techo. No hay nada que proteja a los pasajeros mientras esperan. Nada. Una pena, en especial cuando uno sale sin paraguas, en ese caso, la cosa se torna realmente molesta.

: : El enfermo es el sistema

El viernes pasado lo pasé casi por completo en una ruidosa sala de emergencias. Semi desnudo cubierto apenas por una batita de color verdoso y abierta por la espalda. Por suerte mantuve mis calzoncillos azules y mis calcetines. Un poco de dignidad ante todo. Semi desnudo pero digno.

Las camillas estaban separadas por unas horribles cortinas, casi tan feas como la batita. Se escuchaba todo. Al lado había una señora cubana que acompañaba a su marido a quien lo habían operado hacía poco y cuya herida se había abierto. En medio del dolor se daban el tiempo de entretenernos con sus comentarios llenos de regionalismos muy graciosos.

Al otro lado, un viejo pesado que se había auto recetado internarse y que no aceptaba las conclusiones del doctor de turno. Alegó por todo. Un tipo muy desagradable. Llamó a la administración del hospital y no se fue, a pesar de que ya le habían dado el alta, hasta que vino el administrador a escuchar sus reclamos. Los enfermeros querían aplicarle un enema, pero el doctor no los había dejado.

Volviendo a lo mío, después de un largo día de exámenes y más exámenes me mandaron a la casa con el mismo malestar con que había ingresado horas antes. La única diferencia fue que me mandaron a ver a un especialista. “No podemos hacer nada hasta que lo haya visto un especialista” me dijo el doctor de turno. Le pregunté al galeno porqué siendo ese un centro de estudio perteneciente a la universidad, y habiendo tantos especialistas en el lugar no contactaban con alguno para que me viniera a ver en orden a solucionar cuanto antes mi malestar. “Hoy es viernes y nadie va a dejar de hacer sus cosas para venir a verlo” respondió.

Con el mismo dolor, molesto, desilusionado y hambriento abandoné el lugar. Lo único que había logrado es que me escribieran en un pedazo de cartón el nombre y teléfono del especialista a quien debía contactar. Llamé de inmediato y nada, ya habían cerrado y debía esperar hasta el lunes.

Lo primero que hice el lunes fue arreglar lo de mi seguro médico, ya que al igual que más de cincuenta millones de personas en el país no tenía uno que me resguardara. Hice todas las averiguaciones y contraté uno que más o menos acomodaba mis necesidades. Por supuesto, no entré al sistema de forma inmediata como yo quería, claro que aún no lo sabía.

Inmediatamente después de haber solucionado lo del seguro llamé al “especialista” para pedir hora. La secretaria me atendió con una frialdad y pesadez dignas de algún tipo de premio de la academia. Anotó todos mis datos y finalmente me dio una cita para dentro de un mes.

- ¿Un mes más? Dije sorprendido.
- El doctor no puede verlo antes de esa fecha, respondió pesadilla.
- Pero si yo ya no soporto el dolor.
- Si es así, debería ir a la Sala de Emergencias.
- Ya fui a la sala de emergencias – dije con tono molesto -, y ellos me dijeron que llamara al doctor.
- ¿Tiene seguro? Preguntó.
- Sí. Lo saqué esta mañana respondí.
- Por eso no me aparece en el sistema – dijo -, deme de nuevos sus datos.

Tal y como pesadilla pedía le repetí todos mis datos más los datos de mi nuevo seguro. Pasaron algunos segundos y el milagro vino, la agenda del doctor se abrió por completo al punto de que me dió una cita para el día siguiente a lo que respondí. No gracias, buscaré otro especialista.

: : Un viejo perro

Tengo un par de amigas japonesas que me caen muy bien. Les gustan las ensaladas y una de ellas baila salsa como loca. Le gusta. Lo disfruta y cada vez que puede lo hace. Una niña encantadora. Finita. Apenas se le escucha cuando habla. Una ternura. Nació en Tokio; una tremenda ciudad. Moderna. Energética. Llena de personas de todos lados. Treinta y dos millones para ser más exactos. Una locura. Muy estresante me comenta mi amiga.

Las ciudades grandes son sin duda mágicas. Atractivas. Interesantes. Uno puede deambular por ellas sin cansarse descubriendo cosas entretenidas. Pero a veces lo mejor no está ahí. La vida en lugares más pequeños, remotos, aislados puede llegar a ser mucho mejor.

A dos horas en tren de Tokio, hay una pequeña ciudad llamada Sakura. En ella hay poco más de once mil habitantes. La vida ahí es mucho más tranquila y provincial. En esta ciudad acaba de morir un perro. Un gentil can que tenía una particularidad, era el más longevo del mundo. A su haber tenía 26 años. ¿Cómo llegó a vivir tanto? Posiblemente la vida tranquila y de aire descontaminado. La buena alimentación y el ejercicio. En general, los orientales son conocidos mundialmente por ser amigos de lo sano. Nada malo con ello.

En las grandes ciudades no nos preocupamos de esas cosas hasta que generalmente es demasiado tarde. Nos cuidamos cuando ya estamos enfermos y no a modo de prevención. No somos prudentes ni previsores. Nos creemos súper, lo más grande, invencibles.

Pesuke, así se llamaba el perrito, era además un quiltro. Una cruza. Un mestizo. No era de raza pura. Tal vez había guardado para sí lo mejor de sus ancestros. Sin duda era muy querido y bien cuidado. En general la mayoría de los perritos lo son.

Asumo que en la vida de este can se deben haber juntado todos estos elementos y más. La tranquila y sana vida de pueblo, la comida sana, el amor de su dueña. Veintiséis años para un perro no son poca cosa. En tiempo de humanos estamos hablando de más de ciento ochenta años. Una locura. Algo inalcanzable para ningún humano, especialmente en las condiciones actuales del planeta.

A la hora de almuerzo le preguntaba a unos amigos que harían si tuvieran la oportunidad de hacer cambios radicales en sus vidas y en general, ni uno dijo irse de la ciudad. Alejarse al campo. Partir a la montaña. Asumo que en general, esa alternativa no está dentro de las primeras cosas en nuestras mentes. Posiblemente, yo tampoco habría considerado ninguna de esas posibilidades. En general, el primer cambio que a todos se nos viene a la cabeza es ganar más dinero. Trabajar por poca plata, eso sí que es vida de perro.

: : La historia no muerde

Aunque muchos no me lo crean, he pasado más de la mitad de mi vida en los Estados Unidos. Soy ciudadano y en muchos sentidos he asimilado por completo esta cultura. La he hecho mía. Por lo general se me puede ver utilizando gorros de baseball, me encanta el ketchup y la salsa barbecue. No me pierdo la Serie Mundial ni el Súper Tazón. Veo las películas sin subtítulos en español y me saco el gorro cuando entonan el himno nacional. Todo eso y mucho más me hacen decir que en el fondo soy un gringo más, aunque por mi apariencia exterior no lo parezca.

Cuando vivía en Nueva York me decían puertorriqueño, en California me decían mexicano, en Miami en más de una ocasión me han dicho cubano. Nada de eso me complica. Soy latino y no me duele. No me molesta. No me hago problema alguno. Dependiendo del lugar es el saco en el que nos meten. Que no me moleste debe ser porque, aunque les duela, soy gringo. Voto. Participo y molesto. Tengo opinión y la digo.

Ahora bien, como hispano he notado que muchos de quienes llegan a este país, por alguna extraña razón, en lugar de hacerse parte de esta cultura la quieren convertir en la de ellos. No creo que tenga nada de malo querer mantener vivas las raíces, recordar de donde venimos. Creo que eso está muy bien y a mis hijos se los inculco, sin embargo, me molesta que por otro lado no quieran aprender de la historia de este país. Estados Unidos es lo que es porque hubo quienes lucharon por independizarse. Quienes vieron lo que estaba mal y lo quisieron cambiar. La historia nos enseña que hubo un sueño americano y debo decir con dolor que para millones de personas, ese sueño ya no existe.

La historia no muerde. Esta ahí para ser estudiada, aprendida, asimilada. La historia debe servirnos de inspiración. Devolvernos la esperanza. Si ellos lo hicieron, porqué no nosotros. Sin embargo, los latinos llegamos acá y muchos no le paran bola a la historia. La ignoran. Se desentienden de ella. Hacen como si no existiera. La ignorancia es un mal que ataca a la comunidad latina de los Estados Unidos. La ignorancia en muchos aspectos.

Al sur del continente todos reconocemos a Bolívar y San Martín. En Cuba tienen a de Céspedes y a Martí. Nicaragua a Sandino. Los padres de la Patria están por todos lados, sin embargo, si les preguntamos a un latino en los Estados Unidos sobre quién fundo esta patria, la mayoría lo desconoce. No tienen idea. Tampoco les interesa saberlo. En todo caso, antes de continuar debo ser justo y en honor a la verdad, si le preguntamos a un gringo lo más probable es que también tenga poca idea del tema, ya que para ser honesto, la educación pública de este país va de mal en peor.

La ignorancia es caldo de cultivo para que florezcan males tales como la opresión, la desigualdad, el racismo, la usura, el esclavismo, el aprovechamiento, la avaricia, la corrupción, la desidia, las adicciones, el egoísmo, la falta de amor al prójimo. Los males de la sociedad que en lugar de haber sido derrocados por la inteligencia del hombre, parece que se han convertido en pandemias. Una vez más digo, no creo que haya sucedido por casualidad.

La libertad importa. No es un cliché. No es una moda. Es algo por lo que hay que vivir y hay que dar la pelea día a día para mantenerla. La democracia es un regalo que se nos fue dado y que hay que preservar. Proteger. Vigilar. Es frágil. No es indestructible. Tiene vida, hay que alimentarla. El espíritu de 1776 no ha sido olvidado y quisiera de alguna manera poder traerlo nuevamente a los hogares de los latinos que no le conocen, que nunca le han visto.

No ha habido un evento en la historia que en su origen pareciera tan improbable como la independencia del yugo opresor de una monarquía cruel e insensible. Sin embargo, un grupo de personas tenían un sueño. Éste fue más fuerte que el temor a las represalias, el castigo o la muerte. Este espíritu libertario se apoderó de sus corazones y no los dejó ser hasta no conseguir su objetivo. Este se conoció como el Espíritu del 76, y personificaba las creencias y acciones de un mítico grupo de personas a quienes conocemos como los Padres Fundadores.

Los Padres Fundadores fueron los líderes políticos que firmaron la Declaración de Independencia, participaron en la Revolución, o participaron en la redacción de la Constitución. De entre todos ellos destacan Benjamín Franklin, George Washington, Thomas Jefferson, Alexander Hamilton, John Jay, James Madison, John Adams y Thomas Paine.

Algunos mas conocidos que otros, todos ellos cumplieron un rol importantísimo en la historia de este país. Sin embargo, posiblemente uno de ellos sea el más desconocido para la mayoría de los latinoamericanos que vivimos en este país. Su nombre es Thomas Paine. Político, inventor, intelectual, radical, revolucionario y publicista estadounidense de origen inglés. Promotor del liberalismo y de la democracia. Su panfleto “Common Sense” (Sentido Común), publicado en 1776, desafió la autoridad del gobierno británico y la monarquía real. El lenguaje sencillo utilizado por Paine habló a la gente común y fue el primer trabajo en pedir abiertamente la independencia de Gran Bretaña.

En las primeras líneas de su escrito podemos encontrar algo que puede ser fácilmente reconocido en la actualidad: “Algunos escritores han confundido tanto la sociedad con el gobierno, como para dejar poca o ninguna distinción entre ellos; mientras que no sólo son diferentes, sino que además tienen distintos orígenes". La historia a veces nos habla de tal manera que parece estar refiriéndose a algún acontecimiento de actualidad. Es increíble, pero la naturaleza humana tiende a volver una y otra vez a sus orígenes y a repetir los mismos errores.

Así como Thomas Paine en su momento se refería a la monarquía, cuyo interés no era el de las personas que formaban las colonias, hoy podemos hacer un paralelo entre ella y las corporaciones, cuyos intereses no son distintos a los del Rey de esa época. No es pecado decir que los gobiernos se equivocan, y que no siempre tienen la razón. En ocasiones pierden el rumbo. Olvidan que en democracia fueron elegidos para gobernar para la gente y no para un puñado de personas. Las corporaciones no son el pueblo. Sus intereses no son de ninguna forma los intereses de quienes hemos votado.

Soy un eterno agradecido de la posibilidad que se me brindó de ser un ciudadano más de este país. Sin embargo, no creo que por haber nacido en otro lado mis derechos sean menores o distintos. Paine no sólo fue un inmigrante más, sino que vino a este país y dejó su huella. Dijo lo que tenía que decir y sirvió de inspiración para muchos. Creo que sus palabras no deben ser ignoradas sino por el contrario, deben ser desempolvadas y devueltas al lugar que merecen. Talvez para muchos la lectura de ese panfleto incendiario escrito hace tantos años sea la musa que andaban buscando. La historia no muerde, está ahí para mostrarnos el mejor camino hacia el futuro.

: : Con el invierno encima

A veces pienso que me gustaría meterme de manera seria en el tema de la política, Alcalde, Concejal, Diputado o Senador. A veces pienso que los electos representantes del pueblo en verdad no representan a nadie, por lo menos no a los que votamos. Sucede que ser político es caro. Una campaña para ser exitosa debe contar con muchos recursos, y por recursos me refiero al dinero.

Los que pueden dar dinero son generalmente los que más tienen. Suena lógico eso. Lo que no es lógico es que los que terminan verdaderamente pagando los costos de que ellos puedan seguir con sus abultadas cuentas corrientes somos los que tenemos menos, los que no podemos dar por razones obvias.

De esta manera, los representantes electos terminan pagando los favores a quienes les apoyaron con dinero y no con votos, esos quedamos al último.

Asumo que con esta forma de pensar, si alguna vez decidiera seguir una carrera de servicio público probablemente nadie apoyaría mi campaña con dinero sino con buenas intenciones, buenas ideas, lo harían con sus preocupaciones y problemas esperando que de verdad les pudiera ayudar, sin embargo los empresarios no me darían ni la hora.

Hasta ahí con mi carrera en el servicio público. Hasta ahí con la política. No hay mucho que hacer por ese lado. Sin embargo, siendo revoltoso por naturaleza (eso decía mi madre), no me puedo quedar quieto dejando que otras personas sigan controlando mi vida de manera claramente irresponsable, negligente, irrespetuosa, grosera, mal intencionada y, porque no decirlo, hasta perversa.

Creo que eso de ocupar Wall Street ha sido una idea genial, pero ahora que se nos vino el invierno encima, puede que vivir en carpas en un parque de Manhattan no sea tan buena idea. Es hora de volver a las casas y tomarse un chocolate caliente al lado de la chimenea. Es el momento de sentarse a repensar la protesta. Seamos honestos, el daño causado a las corporaciones no ha sido tal. Los ricachones se están riendo de todos mientras enciendes sus habanos con billetes de cien dólares.

Supongo que la idea de sacar el dinero de los bancos y ponerlo en instituciones como cajas de compensaciones y uniones de crédito suena bien. Los bancos se molestarían. Se sentirían incómodos. Al menos se preocuparían un poco. Quizás buscarían la forma de retornar al sentido común y al respeto por las personas. Definitivamente buscarían retener a sus clientes.

Creo que son muchas las cosas que están mal allá afuera. Razones para protestar tenemos de sobra. El espíritu detrás de estos movimientos es bueno. Es respetable. Es inspirador. Sin embargo, el rumbo aún no está claro. No hay un mapa que nos indique hacia dónde vamos. En estos momentos las brújulas apuntan para cualquier lado. El norte no está claro ni definido. No hay una cabeza. No hay un portavoz. Definitivamente, no hay un líder.

Si bien es cierto y como ya mencioné se les vino el invierno a los que protestan en Wall Street, las carpitas y la buena organización ya no serán suficientes. Espero que el invierno no se venga encima de todo el movimiento, enfriando los corazones de quienes por primera vez en muchos años hemos sacado la voz.

: : Esclavos modernos

A las cuatro de la tarde paramos de hacer lo que sea que estemos haciendo y nos vamos a la cocina. Un rito vespertino. Un respiro obligatorio. Una sana costumbre que viene a romper un poco ese dejo de esclavitud que nos abraza la mayor parte del día.

En la cocina tenemos dos refrigeradores. Modernos. Metálicos. Un par de hermosuras. Generalmente atestados hasta el tope de bolsas de comida. Cada uno guarda ahí sus meriendas. Hay quienes hacen una compra semanal y lo llenan de frutas, verduras y gaseosas. Compran leche para toda la semana. Pan de molde. Hay de todo. El surtido es variado y colorido. Una belleza.

Al descanso llegamos todos con el mejor de los ánimos. Excepto contadas excepciones que aprovechan el momento para llenar las mentes de los demás con su pesimismo y mala onda. Claro que no se les puede criticar demasiado, ya que todos, más tarde o más temprano pasamos por esos momentos de rabia. Rebeldía. Rebelión.

La esclavitud moderna es algo serio. Real. Tangible. Se le puede sentir, oler, saborear. Se le puede ver en cualquier lado. Es cosa de poner atención y abrir la mente.

Todos somos esclavos y lo que es peor, acá en el estado en donde vivo, no hay quien nos proteja. No. Acá como si fuera poco nos tienen convencidos de que los representantes son elegidos por nosotros y están en sus cómodas oficinas para velar por nuestros derechos. Una falacia más. Una broma. Una falta de respeto.

Nadie nos protege. No hay Chapulín Colorado que salga de detrás de algún mueble con la llave para soltar nuestros grilletes invisibles, esos que nos ha ido dejando el sistema.

Cuando me paro de mi escritorio y camino hacia la cocina para disfrutar de mi descanso, pienso en que quisiera estar en cualquier otro lugar menos aquí. Nada personal. No tiene nada que ver con mis compañeros de celda sino con que me gustaría pasar más tiempo con mi familia. Pero qué le vamos a hacer, no se puede y ya. Pasan los quince minutos. Devuelta al escritorio. Debo darme con una piedra en el pecho, al menos tengo un escritorio.

: : Yo indignado, ¿y usted?

Hace tres años el gobierno tuvo que sacar la chequera para arreglarles la casa a los bancos. Los más grandes estaban en la quiebra. No tenían dinero. Se lo habían comido todo. La especulación excesiva les había pasado la cuenta y todo el sistema se estaba “derritiendo”. Eso fue hace tres años. Hoy, los mismos bancos quebrados y desprestigiados han renacido. Citibank llegó a tener setenta y cuatro por ciento de utilidades. Un tremendo logro. Esperaban 81 centavos por acción y lograron 1.23. Un record. Se pasaron.

Es por cosas como esta que los indignados se han tomado Wall Street. Somos muchos los que estamos de acuerdo con esto. Sin embargo, los noticiarios no le han dado la cobertura que se merece. A veces pareciera que no lo han tomado en serio. Pero qué le vamos a hacer. El mundo parece no tener tiempo para mirar estas cosas. A la mayoría de las personas parece que les da lo mismo. Están adormecidas. Aletargadas. Sumidas por completo en la complacencia. En la comodidad.

En general, todos los indignados tenemos razones para estarlo, y digo tenemos, ya que me considero uno de ellos. El problema al parecer con este movimiento es que de una forma u otra, hay que canalizar la indignación hacia algo coherente. Entendible. Respetable.

El otro día se juntaron más de mil personas a protestar en mi ciudad. Fuimos con mi señora y mi hijo de ocho años. Al llegar nos regalaron unos letreros. Uno decía “No maten el sueño”, el otro decía “Sanemos América, cobrémosle impuestos a los ricos”. Le dije a mi niño cual letrero le gustaría tener y me dijo que el de los sueños, ya que el no entendía de impuestos. Lo encontré genial.

Lo que no encontré genial en lo absoluto fue algo que sucedió después. Dos reporteros de dos estaciones diferentes llegaron a cubrir la protesta. Cada uno venía acompañado de su respectivo camarógrafo. Hasta ahí todo bien. Lo que me molestó fue que durante largos minutos no hicieron nada. No hablaron con nadie. No se involucraron en lo más mínimo. A eso de las tres y media, como estaba programado, los asistentes comenzaron a caminar hacia el edificio del gobierno local. La policía cortaba el tránsito para garantizar la seguridad de los caminantes. Hasta ahí, todo bien. Cuando quedaba un grupo de no más de treinta personas, los dos periodistas y sus camarógrafos comenzaron a grabar sus reportes. En la noche, al ver los noticiarios, ambos informaron que la convocatoria había sido menor, algo que respaldaron con sus imágenes. Hicieron aparecer como si la protesta hubiese sido una cosa menor.

Tengo muchos amigos periodistas, productores y camarógrafos. Puedo dar fe de su integridad como personas y como profesionales. Lamentablemente debo decir, que aquí en los Estados Unidos, país en donde se dicta cátedra en muchas cosas, se ha perdido el norte. Las corporaciones han tomado el control de todo, empezando por los medios de comunicación. La libertad de prensa esta herida y se desangra. Hace tiempo que nos quejamos de este tipo de cosas y no son pocos quienes se ríen en nuestras caras, ello gracias a reporteros como estos. Personas que cumplen con informar lo que sus jefes corporativos les indican, o tal vez debería decir desinformar. Una vergüenza.

: : La búsqueda de la verdad

Los sucesos del mundo me llaman la atención. Leyendo los diferentes periódicos a los que tengo acceso gracias al internet, no sólo me informo, sino que a la vez me entretengo tremendamente. Ayer por ejemplo un anticuario decía que Nicolas Cage podría ser un vampiro ya que entre su colección de cachivaches tiene una fotografía de hace por lo menos doscientos años, en la que según él, aparece el actor. Lo sorprendente es que quiere rematar el retrato pidiendo un alto precio y ya han aparecido compradores.

El mundo en el que vivimos está totalmente loco. La forma de ver las cosas varía de manera contundente entre una persona y otra. En verdad, las interpretaciones de los hechos noticiosos cuentan con una gran cantidad de matices. Algunos peores o más estrafalarios que otros.

Así sucede también con la historia. Dependiendo de las ideas políticas de quienes las escriben es el perfil que agarran. Por eso es que no es difícil, si uno busca con un poco de paciencia, encontrar alguien que cuente la historia de acuerdo a nuestras propias ideas preconcebidas.

Los de un lado dicen que la cosa es blanca, mientras que por el otro lado argumentan que es negra. No falta el que discrepa de ambos y dice que para él la cosa es verde. Para otro es azul. No se ponen de acuerdo y lo que menos tienen es la intención de hacerlo. Lo que todos ellos persiguen es que los demás acepten religiosamente lo que ellos opinan y nada más. Genial.

Reconozco que en general a mi me sucede lo mismo. Soy decididamente uno de ellos. Tengo claro que las cosas son de un color y es muy difícil que me convenzan de lo contrario. Leo lo que otras personas me envían para cambiar mi manera de pensar. A veces, o en general en la mayoría de las ocasiones no termino ya que discrepo de tal manera que prefiero no seguir adelante. Sin embargo a veces, debo reconocer, algunas de mis apreciaciones han sido removidas.

Cuando eso sucede, me refiero a que me muevan el piso, generalmente un nuevo camino se abre en mi cabeza. Una nueva ruta a seguir en la búsqueda de esa verdad absoluta que supongo todos, en mayor o menor medida buscamos. Busco y busco. A veces encuentro. Me convierto en un seguidor. Me hago del hábito y tomo ese estandarte.

La verdad es una cosa bastante subjetiva. Todos dicen tenerla sin embargo creo que lo único que en verdad me ha quedado claro con los años, es que pareciera ser que no es así, nadie la tiene. Nadie está ni cerca de encontrarla. En una de esas, la verdad no existe. Nos metieron en la cabeza eso de que la verdad existía para mantenernos ocupados buscándola. Todos somos un poco como Indiana Jones. Caminamos por la vida con nuestra chaqueta de cuero, nuestro sombrero, un látigo y una libretita para ir anotando nuestros avances. Todos hemos sido enviados a buscar algo por encargo.

Como siempre digo, puede que esté totalmente equivocado. Puede ser que no sea más que, como dicen mis amigos cubanos, un “comemierda”. Lo que sí puedo reconocer casi con total absolutez es que en esta búsqueda, he conocido muchas personas geniales. Interesantes. Realmente especiales. Podrá ser que nunca encontremos esa verdad que tanto buscamos, pero como me dijo un profesor hace algún tiempo, de esta búsqueda no terminaremos con las manos vacías.

: : Libertad de pensar

Soy libre de escuchar o decir lo que quiera, así como soy libre de no hacerlo. El que lee lo que escribo es libre también de leerlo y si quiere puede no desecharlo. Es un derecho que no es sólo mío, sino que lo compartimos todos los que somos ciudadanos. Así aparece en la Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos. Nadie nos puede obligar a adoptar una religión u obstaculizar la libertad de culto, de expresión, de prensa, de reunión, o de petición. Así son los derechos. Las sociedades avanzan y crecen cuando son capaces de dar libertades y derechos a quienes forman parte de ella. Cualquier alusión a lo contrario debería ser ilegal.

Es por eso que, aunque no siempre comparto la opinión de otras personas respecto a diversos temas, respeto su derecho a expresarlas. Debe ser por eso que me sorprendió por sobre manera cuando, hace algunas semanas, un “amigo” de facebook tuvo su día de rabia conmigo. Todo partió por un comentario que hice respecto a un hecho político. Nada del otro mundo. Algo posiblemente majadero, pero inofensivo. Al menos eso creía. Claro que por el tono en que empezó a increparme, me quedó claro que no pensábamos igual.

Respetuosamente le respondí a su nota, ya que en verdad no tengo problemas con eso. Se quejó de que era negativo y que nunca escribía nada constructivo, algo que me sorprendió, ya que siempre he creído en que la crítica constructiva enriquece y amplia la visión de los demás así como la propia. Mi “cofrade” no lo vió así y continuó descargando su rabia contra mí, y cada vez que le respondía, sólo conseguía que se enfureciera más. Reconozco que a veces tengo la habilidad de hincharles las redonditas a ciertas personas, pero créanme cuando les digo que en este caso en particular quería un debate. Buscaba una discusión elevada. Una simple conversación medianamente civilizada. Pero no lo logré. Mi “camarada” feisbuquiano seguía recargando mi muralla con sus agravios y de pasó, escribiendo mensajes en la suya para que quienes me conocieran me eliminaran, ya que para él yo era un hacker.

En una de sus acotaciones hizo mención a que llevaba más de un año leyendo mis comentarios, a lo que no pude menos que comentar en tono de pregunta que si tanto le molestaban mis observaciones, ¿cómo no lo había mencionado antes? o, en el peor de los casos, ¿cómo no me había eliminado de entre sus contactos? No me respondió. Siguió adelante con sus embestidas. Una pena.

Este acontecimiento comenzó al medio día y se prolongó hasta bien entrada la tarde. Ya de noche, me escribió una amiga en común pidiéndome que lo eliminara de entre mis amigos, ya que claramente él no me consideraba dentro de esa categoría… por respeto a ella lo hice esa misma noche. Triste, tolerancia cero la de mi “amiguete” de facebook.

Por supuesto que antes de acabar con su día de rabia me di el gusto de escribir un último pensamiento que decía más o menos así; A esos tales que persisten en obrar desde la descalificación y la falta de respeto, les dejo claro que seguiré adelante a pesar de sus atropellos, porque entre otras cosas en mi espacio “mando yo”. Si tanto les molestan mis opiniones me pueden "eliminar" en cualquier momento... Facebook, twitter y las demás redes sociales abren un espacio para el diálogo y la discrepancia, para la pluralidad, no para la violencia, los fundamentalismos y la falta de respeto... yo leo lo que postean mis amigos y no siempre comparto sus opiniones... sin embargo los respeto a todos... yo aprendo y me informo gracias a las opiniones de los demás... he dicho...